Así que un dia a las tres de la mañana me cogí y me compré la buhardilla por la cuarta parte de lo que me pidieron y allí me instalé con mi sofá de sky amarillo, con mi perchero de seis brazos, con mi alfombra de catorce nudos por pulgada y con mi estantería con dos libros y catorce folios. Un patrimonio acojonante, como puede colegirse. Pero por fin, podia ser libre, podia roncar hasta decir basta, pensé, mientras preparaba una fabada por todo lo alto, con chorizo de Cantimpalos y morcilla de Cabueñes, para celebrar la efemérides y antes de que llegara la Candelas, que me dijo que queria inaugurar la buhardilla con media botella del Gaitero, que le habia sobrao de Navidad. La de dios, me dije, voy a ser más feliz que el machaquito.
No habian pasado ocho minutos desde estas cavilaciones cuando de pronto llamaron a la puerta. Intrigado y en batin, crucé los 37 cms. que hay desde el perchero hasta la puerta y me aproximé al pomo de la cerradura porque no habia mirilla ni nada parecido, y aguzando el oido intuí que no era la Candelas la que reclamaba mis respetos, sino una mujer de voz chuchurria, que no paraba de dar patadas a la puerta, mientras con la mano derecha se rascaba el entrecejo, a la espera de que el menda le dijera una palabra bonita de las que suele utilizar en las grandes ocasiones, tal y como me enseñaron los hermanos escolapios a hostia limpia. A mi esa cara me era conocida, pero no era de Leganitos, ni de Puente de Vallecas ni del Pozo ni de Ciempozuelos.

Era de no se sabe dónde, pero enseguida me dijo que se llamaba Soraya, que era muy, pero que muy, amiga de Moragas y de su mochila, que conocía de vista a Rajoy, que no soportaba el desodorante de Ana Botella, que no sabia dónde se habia dejado el paraguas antes de ayer, que no sabia si habia pagado la cuenta de la lavandería, que habia olvidado cómo se preparaban las cocochas con salmorejo, en fin que estaba hecha un lio, que no se veia en su sitio y que necesitaba protección. Lo suyo era una emergencia de la hostia, una cuestión de vida o muerte, un cataclismo de campeonato. Su vida peligraba, su hacienda le importaba un bledo, su permanente podia esperar.... pero, por favor, ábreme, vecino de Carabañas, amigo de Candelas, flor de Leganitos.... no permitas que me encuentren Granados y sus tipos de la gabardina, que empiezan a meterte mano y al final todo se lo cuentan a la bruja de la Espe, la Birola de Entrevías, que se pone los videos en las noches de luna llena para entrar en trance la cacho cabrona. Me entristecí un huevo con esta historia, y aqui estoy en la puta calle de nuevo mientras la Soraya se resguarda en mi buhardilla sobre la alfombra de catorce nudos por pulgada. Es maravigliosa, tú. Su carita, como se ve en la foto, me suliveyó. Creo que me he enamorado de su tobillo.